La crisis economica

Crisis económica la consecuencia convertida en causa

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Crisis económica, corrupción, banqueros, empresarios, partidos políticos, caso Bárcenas, caso Nóos, desahucios, desempleo… ¿Quién no ha escuchado estos términos en los últimos meses?

Por si tenías alguna duda, estimado lector, sí, estamos sumergidos en una profunda crisis económica que está engrosando las arcas de unos pocos a costa del empobrecimiento de una gran parte de la población. Pero, debido a la magnitud de las secuelas que está ocasionando,hemos convertido la consecuencia en causa y, desde mi humilde punto de vista, lo considero un craso error que dificultaría gravemente un hipotético proceso de regeneración social y democrática.

Todos sabemos que las aguas están revueltas en las altas esferas políticas y empresariales. Presuntamente, algunos cargos públicos, banqueros, políticos y empresarios habrían cometido delitos, principalmente, de malversación de fondos públicos gestando así, entre otras cosas, la privatización de múltiples servicios sociales con el pretexto de que “no hay dinero en las arcas para pagar los servicios públicos“. No pretendo, en absoluto, hacer un juicio paralelo. Ni siquiera me explayaré en el aspecto político de la cuestión. La justicia es quien determinará si los imputados son culpables o inocentes (sí, esa justicia que el rey defiende argumentando que “es igual para todos“).

Pero sí me gustaría hacer hincapié en la auténtica causa de esta debacle. Una causa en la que nosotros, los ciudadanos, desempeñamos un papel fundamental.

¿Harías cualquier cosa por una cantidad suculenta de dinero? Antes de continuar con la lectura, por favor, reflexiona unos segundos y responde con sinceridad. La experiencia me dice que la gran mayoría de vosotros responderéis que sí. Y, en cierto modo, es normal. Vivimos una realidad en la que el dinero ha alcanzado un protagonismo desorbitado, presente en cualquier contexto de nuestra cotidianidad. Pero los seres humanos somos más emocionales que racionales y no utilizar adecuadamente nuestra inteligencia emocional para tomar decisiones puede acarrear serios problemas de conducta y psicológicos.

Hermanos que se enfrentan por herencias, hijos que abandonan a sus padres para tener unos euros de más, empresarios que vulneran la dignidad de sus trabajadores, matrimonios destruidos por problemas económicos… Algunas personas, incluso, justifican estos hechos explicando que “sin dinero no se puede vivir”. Pero, al fin y al cabo, todos luchamos por ser felices y vivir ajenos a nuestras emociones, preocupados únicamente por tener más dinero, no conlleva otra cosa que frustración y miseria. La Organización Mundial de la Salud afirma que dentro de 20 años la depresión será más común que cualquier otra enfermedad física y, actualmente, ya se venden más antidepresivos que aspirinas. ¿No es paradójico que presumamos de vivir en una sociedad libre y progresista cuando somos más infelices que años atrás?

Los hechos los materializa quien los ejecuta, no quien los propone. Por lo tanto, para empezar a salir de esta debacle es fundamental que hagamos autocrítica y seamos suficientemente humildes para reconocer nuestra parte de culpa. Todos hemos contribuido a esta situación y entre todos debemos volver a la normalidad. Quienes han cometido delitos de corrupción no han obrado correctamente pero, por ejemplo, los ciudadanos que, con un salario básico, se han embarcado en préstamos hipotecarios a 40 ó 50 años que apenas podían pagar han sucumbido a las aberrantes condiciones impuestas, a pesar de las evidentes intenciones de quienes han creado este entramado económico. El aumento desmesurado del precio de la vivienda ha sido, ni más ni menos, que el desencadenante de la versión contemporánea de la esclavitud. Un poco de sentido común y crítica objetiva hubiera evitado muchos desastres.

Y hemos llegado a un punto en que sólo se habla de dinero; en la calle, en la televisión, en la prensa escrita, en el supermercado, en la comunidad de vecinos, en el bar… ¡Todo el mundo habla de dinero! Sin embargo, hablar de emociones se ha convertido en algo extraño, reservado únicamente a los más sensibles y débiles (como dirían algunos). En cierta ocasión, me dispuse a hablar con un hombre sobre amor y humanidad. Pero la conversación duró apenas unos segundos. Zanjó el diálogo afirmando que “del amor no se come y no me interesa lo más mínimo”.

Amigos. Nos hemos convertido en máquinas de producir, deshumanizados, insensibles ante las desgracias ajenas, afanados en tener y no en ser y, el hecho de que hayamos normalizado esta conducta, no implica que sea el camino a seguir. Recordad que los hechos los materializa quien los ejecuta, no quien los propone. Y vosotros sois demasiado importantes como para que vuestras vidas, consciente o inconscientemente, se rijan por los macabros intereses de unos pocos.

Es evidente que tener dinero, hasta cierto punto, es necesario para tener una vida normalizada pero, ¿serías feliz siendo millonario sabiendo que tu familia y tus amigos están muertos?




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